El escenario fue construido para dos géneros. Salvador está a punto de bailar un tercero.
En el despiadado mundo del ballet argentino, la perfección es la única moneda. Para Salvador Zelko, esa perfección alguna vez significó ser la bailarina ideal. Pero los vestuarios se sentían como jaulas y la coreografía como una mentira. Ahora Salvador por fin está dando el paso hacia su verdad como hombre trans ... pero la transición está lejos de ser un salto elegante.
Desde el silencio estéril de las habitaciones de hospital hasta la crudeza con luces de neón del trabajo sexual, la vida de Salvador se convirtió en un ensayo agotador para un papel que todavía no existe. Mientras lucha por recuperar su lugar en la barra, tiene que enfrentarse a los bordes afilados del deseo y a las sombras de una tradición que exige que desaparezca.
Salvador terminó de actuar para les demás. Ahora está listo para bailar para sí mismo, aunque tenga que romper el escenario para lograrlo.
Ahí, exactamente en ese punto, Estefanía no pudo más. La clienta todavía no se había ido.
Tengo que decir algo. No puedo seguir ocultándolo.
Estoy harto.
Todo lo que había estado en ebullición dentro de él desde hacía años explotó, quitándole todo tipo de posibilidad de dar un paso hacia atrás, de decir las cosas con cortesía, o siquiera de pensar.
-- Nene. Soy un varón.
La clienta abrió grande los ojos. Después, hizo una mueca con la boca, mientras decía que no con la cabeza.
-- Perdón, nene. Gracias. Nos vemos.
Ese “nene” fue pronunciado casi de manera irónica; Estefanía se dio cuenta de eso, pero internamente no le importó.
Había podido salir, aunque había sido un pequeño momento, de su crisálida.
Después de que la clienta se fue, su cabeza permaneció totalmente revuelta. A pocos metros, su jefe estaba trabajando como repositor, porque no quería pagarle a nadie que hiciera el trabajo por él. O quizás no le alcanzaba la plata, a estas alturas, con este gobierno. ¿Cómo saber?
-- Carlos, me voy un segundito al baño, ¿sí? Ya vengo.
Su jefe lo miró con cierto desdén.
-- ¿De vuelta? Ya fuiste como dos veces esta hora.
Pero tenían confianza.
-- ¿Qué es esto, boludo, el colegio? -- se rió -- . ¡Me estoy cagando!
-- ¡Cagá en tu casa, Estefanía!
-- Es un segundito. Te juro que voy y vuelvo.
-- Bueh.
Estefanía corrió al baño, que era un cuadradito muy pequeño con un inodoro y una pileta minúscula. Bajó la tapa del primero y se sentó.
Rompió a llorar.
¿Qué me pasa?
Agarró su celular e, ignorando los mensajes que le seguía mandando Rocío, llamó por teléfono a su mejor amiga, a quien había conocido militando en la orga, Bel. Belén, que ese era su nombre, no trabajaba, vivía con sus xadres y metía una cantidad de materias por año en la Facultad de Ingeniería que cualquiera hubiese pensado que desayunaba, merendaba y cenaba merca. Tenía mucho apoyo de parte de sus viejes, un privilegio del cual Estefanía no gozaba. Aún así, Tefa y ella nunca habían dejado que eso se interpusiera en su camino.
Belén lo atendió al instante, y los primeros sonidos en la llamada fueron los de Estefanía llorando.
-- ¡Tefa! ¿Qué te pasa, bebé? ¿Por qué estás llorando?
-- Soy un varón. ¡Soy un varón, Bel, soy un varón!
-- ¿Qué decís, Tefa? -- Bel sonaba preocupada y confundida. -- ¿Qué pasó? ¿No te vino otra vez?
-- No, no es eso. Lo vengo pensando hace años. -- Él sorbió sus mocos, y las palabras surgieron como un tsunami. -- Hace años que me vengo sintiendo un chabón. No sé, siento que soy eso. No me siento una mujer. No me siento ninguna otra cosa tampoco. En la orga me van a sacar del orto…
-- Bueno, calmate. Calmate, ¿sí? Esto lo podemos pensar y hablar juntas más tranquilas.
-- ¡No! -- Estefanía hizo un esfuerzo por bajar su voz dentro del baño minúsculo. -- No hay más juntas, ¿me entendés? Juntos, tranquilos. O en inclusivo, juntes. Tranquiles. Soy un varón. No lo quiero ocultar más. -- Inhaló profundamente y exhaló.
Del otro lado, silencio.
-- Quiero que me trates de él. Y mi nombre ... no sé cuál es mi nombre todavía. No me decido.
-- Bueno, amor -- replicó Belén-- . Tranqui. ¿Querés pasar por casa después de tu laburo y lo hablamos bien? Hoy no curso, hay paro universitario. Tengo que estudiar un toque, nomás. Pero siempre tengo tiempo para vos.
Siempre tengo tiempo para vos. Era por eso que siempre habían sido tan amigues. Él agarró un poco de papel higiénico y se sopló la nariz, después lo tiró al inodoro y tiró la cadena.
-- ¿En dónde estás que se escucha ese ruido? -- inquirió Belén.
-- En el baño del laburo -- respondió-- . Hoy paso tipo cinco, cinco y media. ¿Dale?
-- Dale, bebé. Te espero con unos mates.
-- Como siempre.
Él sonrió mirando el teléfono. Se despidió de Belén, se secó un poco las lágrimas de los ojos y salió.
Cuando volvió al micromundo del mercadito, como un ave fénix que resurge de sus cenizas, Carlos estaba sentado trabajando, pero lo miró con cara de quien no entiende nada.
-- ¿Todo bien, Tefa? -- le preguntó.
-- Todo bien -- le aseguró. Se quedó dubitativo por unos momentos, y luego volvió a hablar. -- ¿Podrías, por favor, no decirme ... Tefa?
Carlos frunció el ceño.
-- ¿Y cómo querés que te diga? ¿Matías?
Ambos se rieron.
-- No, Matías no, pero ya te voy a decir cuál va a ser mi nuevo nombre. Por ahora, ¿podés tratarme de él?
El rostro de Carlos quedó pasmado. ¿Lo entendía? ¿Estaba tratando de entenderlo?
-- ¿Sos ...? ¿Te sentís ...?
-- Soy un chabón trans, me siento un varón trans. ¿Okay?
Carlos parecía que no sabía dónde meterse. Era como si le hubiesen mencionado algo tabú. Pero era, dentro de todo, un chabón piola.
-- Okay.